La falta de oportunidades laborales para personas con baja visión sigue siendo una realidad silenciosa. Claudia Lina Olivares, de 40 años, nació en María Elena y hoy reside en San Bernardo. Jefa de hogar, conserva solo un 5% de visión en un ojo y no presenta visión en el otro, debido a una asfixia sufrida cuando permanecía en incubadora al nacer, condición que además se suma a astigmatismo y microcefalia cerebral.
Durante más de una década trabajó en empresas de cobranza en Santiago Centro, cumpliendo metas y horarios como cualquier trabajador. Utilizaba lector de pantalla, lentes y bastón para desplazarse. Mientras existió un entorno adecuado, su discapacidad no fue un impedimento. Sin embargo, hace tres años quedó sin empleo y desde entonces las entrevistas no llegan, los cupos en programas son limitados y las respuestas suelen repetirse: no hay trabajos acordes a su condición visual.
Pese a ello, Claudia continúa buscando oportunidades y capacitaciones, motivada por su familia, sus sobrinos y el recuerdo de su madre. En su vida diaria, pequeños gestos han marcado una diferencia, como la entrega gratuita de un lanyard de identificación para personas con baja visión, que le permite visibilizar su condición y desplazarse con mayor comodidad. “No quiero trato especial. Quiero que me vean”, afirma. Su testimonio refleja una realidad que comparten muchas personas con experiencia y capacidades, que aún esperan una inclusión laboral efectiva y concreta.

