Llama la atención escuchar a analistas y dirigentes políticos referirse, tan de buenas a primeras, al legado que dejará este gobierno. Más allá de encontrar un tanto pretenciosa esta búsqueda permanente de una herencia de la que seríamos nada menos que los legatarios, y como nada hemos pedido en herencia, nos interrogamos sobre el contenido del regalo.
Un legado, según el Código Civil, es una asignación a título singular, mediante la cual un testador deja un bien o derecho específico a una persona denominada legatario. Es “el conjunto de bienes materiales o inmateriales que se transmite a alguien” —nos dice, por su parte, la RAE—. “Valores, enseñanzas o cultura transmitidos a generaciones futuras” —completa el mismo diccionario— apartándose esta vez del campo jurídico.
El actual gobierno nos dejaría entonces un legado —abundante o escuálido, bueno o malo—, pero un legado, al fin. Ante esta afirmación, que nos es presentada como evidencia, pareciera oportuno reflexionar.
Hace unos días, un gran amigo de larga trayectoria en la izquierda, con quien suelo intercambiar reflexiones sobre el acontecer político del país y del mundo, se explayaba elocuentemente sobre el fracaso de las izquierdas y el “legado” (sí, esta vez entre comillas y con sic) que dejaría el gobierno saliente.
Su desencanto era visible. Con los minutos, su reflexión se fue tornando implacable y su crítica, feroz. Despiadada —pensé— después de concluida nuestra conversación.
Debo decir que mi amigo, quien es, entre otras cosas, un brillante escritor y excelente conversador, fue de los primeros en integrar el comando de apoyo al candidato a diputado Gabriel Boric en Punta Arenas.
“Hay que mirar la economía, lo social, la cultura, la ética con que han actuado quienes decían tener una superioridad moral; han fracasado en todo y han terminado por dañar la esencia misma de nuestra izquierda” —afirmaba— con una mezcla de rabia y amargura a la vez.
Sin duda, sus palabras reflejaban el resentimiento de un decepcionado. Sabemos que cuanto más fiel ha sido el compromiso, más duelen las traiciones. Se entra en un duelo profundo, parecido a ese que un doliente arrastra como sombra y del que cuesta desprenderse.
Sus palabras me recordaron el análisis reciente de Félix Ovejero, académico español, leído en el periódico El Mundo: “Este es el triste saldo de la izquierda reciente: un paisaje político de chatarra ideológica que no resiste un análisis serio. Y que, además, se apuntaló con una corrección política que impedía decir que estábamos ante chatarra”, comenzaba diciendo en el artículo titulado “Después de la izquierda reaccionaria”.
Para el profesor de la Universidad de Barcelona, ya “estamos de vuelta del trastorno woke, pero el problema es su legado”. Y mi amigo no decía otra cosa, en realidad. Solo que lo expresaba respecto a las izquierdas chilenas, con el resentimiento del traicionado. Destacamos que la crítica de ambos proviene de la propia izquierda.
Los hechos que marcan el legado
Las derrotas contundentes sufridas por el gobierno —que no solo fueron electorales— nos hacen percibir un extraño olor a velatorio en esta coalición que abandona el poder en un mes. No es el perfume de las flores frescas que rodean el ataúd que cobija al muerto, sino un olor a encierro y azufre.
Decimos esto a sabiendas de que, en este ámbito, tal como lo escribimos en una columna anterior, a menudo los muertos resucitan. Si tal fuera el caso, le resultaría difícil a esta coalición escapar de una fosa tan profunda, sin contar con una escalera de emergencia ni con una mano fraterna que la impulse.
Una observación básica nos muestra que fueron dos las derrotas que más golpearon al gobierno. Contundentes, categóricas, hasta descalificadoras, podríamos decir. Fracasos incontestables, de aquellos que afectan incluso la legitimidad conferida por la historia reciente.
Tanto la coalición gobernante como el propio presidente se jugaron prácticamente la vida política para lograr una nueva constitución de contenido afín a sus posturas. Hasta se llegó a afirmar que, sin su aprobación, sería inviable su programa de gobierno; o sea, sería imposible gobernar el país, si acaso perdían en las urnas.
La segunda fue la reciente derrota presidencial de la candidata comunista apoyada por la misma coalición; exministra y continuidad genuina del presente gobierno.
Del fracaso a la desilusión
Pensamos que estas dos derrotas no debieran medirse únicamente por los votos obtenidos, sino, sobre todo, por el rechazo categórico de la ciudadanía hacia una forma de gobernar.
Nunca antes la derecha había logrado un apoyo electoral tan grande en nuestra historia. Nunca antes sus ideas habían sido tan populares en todos los sectores de la sociedad. La debacle política de las izquierdas terminó por marginalizar postulados de igualdad, solidaridad y justicia, alejando a los sectores populares de las opciones que más los representaron en la historia.
Estas derrotas sufridas por disímiles izquierdas, con militantes aferrados a cargos públicos, terminaron por dejar a una parte del país en la orfandad de sus legítimas aspiraciones y esperanzas. Los numerosos decepcionados observan hoy su cruel derrotero, transitando cabizbajos por senderos escabrosos que parecieran conducirlos a un fosal o a la urgencia de un hospital sin médico de turno ni camillero disponible.
Así, desde una mirada lúcida y concreta que emana de la propia izquierda, hay hechos que permiten evaluar la pobreza del legado que se deja como herencia. Reformas estructurales prácticamente inexistentes, crecimiento económico deficiente, una educación decadente, escasez crónica y creciente de viviendas, manejo errático de múltiples crisis (migración, Araucanía, delincuencia, catástrofes), una salud pública colapsada y muchos etcéteras.
Pero es tal vez dentro del plano ético y moral, donde el fracaso ha sido tan marcado que hasta impide recoger las migajas de la eventual herencia. Es este el que más pesa y duele, el que provoca decepción y rabia.
Fundaciones creadas con el propósito de estafar, ministros, embajadores y funcionarios de alto rango inescrupulosos o ineptos, un abandono generalizado y enfiestado, con un subsecretario encargado de la seguridad formalizado por delitos graves… y, probablemente lo peor, la figura de Salvador Allende —ícono de coraje, leyenda y mito de la izquierda—, dañada por un decreto irresponsable para comprar su casa a las herederas; senadora y ministra del mismo gobierno.
Como una ironía macabra, constatamos que aquello que no pudo hacer el pinochetismo lo logró este gobierno mediante una maniobra fallida que estropea el sacrificio y la hidalguía.
Manchar la figura de Allende por un actuar antojadizo fue como destronar al padre de la izquierda, mientras una madre putativa espera su turno en una carrera a la ONU perdida de antemano —iniciada con su beneplácito y sus ansias de poder—, y que el gobierno ha tomado como bandera unificadora para esconder sus derrotas, disfrazándola de política de Estado.
Cuando la superioridad moral ha sido arrogancia y negligencia a la vez, y la incompetencia, justificada por una falta de experiencia que requiere rodaje, el legado que se deja es escaso y no existe huella visible que se le parezca.
Lúcido, mordaz y despiadado en su crítica, mi amigo escritor tenía la razón al decirme que el legado que se nos deja es, por sobre todo, la desesperanza.

